Presentamos la segunda parte de la entrevista que PRESENTE realizó con el Presidente del Grupo IRSA y del Banco Hipotecario.

Para ver la primera parte, ingresar en el siguiente link.

MIRADA RESPONSABLE Y EMPRENDEDORA

¿Qué opinión le merece el actual desarrollo estratégico de la responsabilidad social empresaria en la Argentina?

Yo creo que la primera misión de la empresa es la de hacer su negocio y generar empleo, ganancias y rendimiento al accionista. Pero también creo que a través de toda esa misión hay compañías que crecen y tienen impacto en su entorno. Para mí, el tema de responsabilidad social fue como algo aprendido desde mis 20, al haber tenido contacto con grandes maestros rabínicos. Me enseñaron a entender que lo que uno va logrando no es todo mérito propio, sino que uno tiene que saber que es una bendición y que la comparte con su entorno.

El concepto de tzedaká no es el dar como si fuera un regalo, sino que es una responsabilidad, y que el mismo ojo con el cual uno puede ver una oportunidad de negocio, es el mismo con el que ve la necesidad del otro. Son como círculos: primero, uno tiene que trabajarlo en lo personal, en lo familiar, con el núcleo íntimo, después sigue con el barrio, con su ciudad, con su país. Cuando alguien lo desarrolla en lo personal, después lo se puede llevar a lo corporativo. En esa área, hay un riesgo de que sea una moda que después tenga menos impacto.

La Fundación IRSA ya tiene 20 años. Empezamos haciendo estudios de cómo se comportaban las compañías en la Argentina en cuanto a su porcentaje en donaciones. Hicimos os encuestas en los 90 muy interesantes y nos involucramos en varios proyectos. Empezamos con el del Museo de los Niños en el Abasto en los 90, liderado por mi esposa Mariana, y después hicimos otro en Rosario. Casi te diría que incorporar que la compañía fuera un agente de cambio al principio fue una rareza.

Invitábamos a los directores a una reunión de responsabilidad social y me preguntaban si era obligatoria. Considero que las compañías tienen capacidad de cambio y de acción en sus entornos, y es muy valioso que donen parte de las ganancias para cosas con importancia social. Por ejemplo, el matcheo (la compañía iguala las donaciones de sus empleados) fue una idea que trajo un amigo hace 20 años: si a alguien le interesaba ayudar a una institución, la compañía lo acompañaba, sea empleado o director.

A lo largo de estos 20 años hemos participado con muchas instituciones; para algunas de ellas somos los que presentan un proyecto, lo desarrollan y lo terminan, y para otras somos un aportante pasivo. Nos hemos dedicado a la educación y a la niñez. Como Endeavor, que empezó con un diálogo de tres personas en esta casa. En el 97 vino una emprendedora social americana, Linda Rottemberg, y dijo: “Estoy buscando una donación para poder matchear con un donante europeo; es para ayudar a que los emprendedores de tu país tengan acceso a capital semilla”.

El año que viene se cumplen 20 años de Endeavor y es un proyecto que ha multiplicado por mil lo imaginado. Porque por un lado se detectaron dos o tres emprendedores, al año siguiente eran diez, primero en un solo país, después en dos, en tres, hoy está en más de 20 países, y creo que lo que se trabajó mucho fue eso: promover valores y que ese empresario no solo sea un generador de riqueza de una gran compañía, sino que de alguna manera en parte de la selección se evaluaba su capacidad de devolverle algo a su sociedad. Y yo veo que hoy el board de Endeavor son todos emprendedores que hace 20 años eran proyectos de negocios; verlos hoy que son compañías muy importantes, me da satisfacción por la continuidad de estar generando nuevas empresas y mentoreando a los más jóvenes.

El mayor placer es ver cómo, año tras año, Endeavor premia a un empresario establecido, cuando el orden de las cosas debería ser que los grandes empresarios elijan un joven emprendedor.

Ustedes siempre hablan de “construir sin destruir”, haciendo hincapié en recuperar y poner en valor edificios que son valiosos activos urbanos. ¿Qué ejemplo tiene de esto?

Alrededor del Abasto hemos preservado edificios y hemos hecho centros comerciales, pero cuando recorro también pienso “Bueno, la peatonal de la calle Carlos Gardel fue un proyecto nuestro”, y la Casa del Tango también, y una casa para chicos con discapacidades; y Puerta 18, que es un lugar de chicos con educación en tecnología que ha dado trabajo a miles de pibes, es un proyecto de impacto. Uno se da cuenta qué compañías cuidan su medio ambiente, y creo que cada vez van a ser más las que van a construir de forma sustentable.

Las compañías que aprecien más a la sociedad van a tener mayor éxito. Mi mayor satisfacción del Banco Hipotecario en los últimos 17 años es que es la red de voluntarios más fuerte. En este momento, están trabajando cientos de personas e instituciones dedicando su tiempo.

¿Qué recuerda del mundo de los negocios que le haya emocionado?

Una cosa que me gustó mucho fue hacer un encuentro de jóvenes emprendedores en el Llao Llao. Pasamos un fin de semana juntos en donde la idea era armar un entramado de confianza entre las personas que están pensando en el país a más largo plazo.

Después se repitió la experiencia varias veces. También la apertura del Abasto para mí fue un acontecimiento de mucho orgullo, y la del primer edificio de Puerto Madero. Me gustó mucho reunir a las personas que pensaban que habían perdido sus ahorros en el Hogar Obrero hace más de 20 años. Los convocamos a una reunión en la Bolsa de Comercio para avisarles que tenían esos ahorros en acciones de IRSA PC. Fue muy emocionante ver la alegría de esa gente, muchos de avanzada edad. He tenido a lo largo de todos estos años de trabajo muchas satisfacciones.

¿Y cuál fue el acierto que más disfrutó?

Qué preguntas difíciles… [Risas]. Cuando era muy joven, tuve un período donde hice muchos negocios inmobiliarios rentables. Después un acierto muy importante fue comprar IRSA y convertirla en la primera desarrolladora inmobiliaria que cotizaba en bolsa. Hacer el negocio inmobiliario como un vehículo cotizante tanto en la bolsa de Buenos Aires como en la de Nueva York fue un supersalto. También, hitos como el primer centro comercial de Salta, el primero de nuestra compañía.

Otro gran desarrollo que hicimos, pero en Buenos Aires fue el Abasto: desde la compra del edificio hasta la financiación de la construcción en medio de la crisis mexicana. Diría que terminar ese edificio fue “el” hito. Cada una de las negociaciones significa años. La gente lo ve como un producto terminado, pero cada negocio inmobiliario toma una o dos décadas. Por otro lado, en el sector agrícola, haber logrado desarrollar la zona norte de Salta ha sido una satisfacción muy grande. Vivenciamos cómo fue creciendo la inversión en un campo que había comprado mi abuelo hacía más de 50 años en medio de la crisis de los 80, donde no se podía vender ni en 10 dólares la hectárea. Pudimos ir llevando tecnología, asentar ganado y pasar a la agricultura, desarrollar frontera.

Fue como si hubiese sido parte de un sueño de un abuelo, continuado por padres y por tíos, sosteniéndolo en una Argentina con extremas crisis económicas, financieras, políticas, hasta con el pico de una guerra como la de Malvinas. Verlo ahora, cinco décadas más tarde, desarrollado como el campo principal de la compañía, para nosotros es una satisfacción muy grande.
Otro importante desafío fue la inversión en el Banco Hipotecario. Mi padre, que en general no opinaba mucho de los negocios, me decía: “Esta será la inversión más importante que harás en toda tu vida”. Fue uno de los últimos diálogos que tuve con él… Somos la gestión más constante que tuvo el banco en 130 años. Hemos logrado armar un equipo muy profesional, que viene ya trabajando hace 18 años.

LEGADO

Para la gente joven, ¿cuál cree que será su principal huella?

Mi rutina tiene que ver con el hacer. Una persona puede tener muy buenas ideas, pero las que realmente se miden son las que uno baja al mundo real. Para mí es mucho más importante tener una idea pequeña que se pueda implementar. Lo que más he hecho en los últimos 30 años es evaluar una situación para ver cómo se puede realizar. Me ha gustado mucho ver que de nuestra compañía generamos buenos gerentes y también que la fundación detectó emprendedores que hoy son grandes empresarios.

¿Qué consejo le daría a los nuevos emprendedores que tal vez se encuentran limitados en lo económico, pero que tienen una idea?

Siempre trato de decirles que lo mejor es tener alguien con quien entrenar. Todas las empresas son la gente haciendo, y si tenés buena gente, esta llama a la buena gente. Es como cuando alguien tiene una buena idea: lo más difícil es con quién la vas a implementar, y si tenés alguien bueno, podés crecer más rápido o menos de acuerdo al capital, pero tener un buen socio es más importante que cualquier cosa.

El argentino es emprendedor, lo trae en su ADN. Si lo fomentáramos bien, podríamos tener más éxito. La Argentina prepara al ciudadano para todo terreno. Somos muy flexibles. A mí me dio mucha fuerza en plena crisis transmitirles a los emprendedores que si uno cree que algo es seguro, te absorbe.

El hacer es un concepto muy inherente a su gestión. ¿De qué manera encara un nuevo proyecto?

En materia de negocios, es como si tuviera dos informaciones: una es la intuitiva, a la que yo le presto mucha atención, que tiene muchos condimentos de cosas que son inconscientes, de cómo llegó, quién lo recomendó, si te gustó el emprendedor.

Después está una parte de la disciplina profesional de estudiar los balances, la rentabilidad, la potencialidad, el crecimiento, pero en general lo que tratamos de hacer es ser consistentes. A lo largo de 30 años nuestra base siempre fue el negocio inmobiliario, donde nuestra capacidad ha sido detectar oportunidades, crecimiento de valor, y poder desarrollarlo y financiarlo.

Para terminar, ¿cómo definiría a Eduardo Elsztain? No me refiero al empresario distinguido, sino al hombre detrás de los negocios.

Tengo la sensación de que nosotros venimos a este mundo y no sabemos qué día nos vamos. A veces nos la pasamos pensando en grandes proyectos, y yo creo que la gente que hace todos los días dos cosas pequeñas es como si fuera un ejercicio que va cada vez teniendo más impacto. Me es difícil transmitirlo en palabras, pero el concepto en hebreo es mitzvá (buena acción, cumplir con un precepto): es poder hacer un balance del día y decir que hiciste dos cosas buenas. Y yo me definiría como un hacedor que recibe una bendición e intenta usarla de la mejor manera.

Me da más satisfacción con quién trabajo que el éxito de la compañía. Tener este objetivo de lograr dos cosas buenas por día a veces es más importante que una gran empresa que nunca se termina de hacer. Uno puede tener sueños grandes, pero siempre es mejor cumplir un sueño aunque sea pequeño, que vivir soñando a lo grande pero sin concreciones.

Así que si uno va empezando de a poquito, a la larga seguramente sus sueños se cumplirán. Me pasó de ver cómo iban saliendo cosas que parecían delirantes hace 20 años. Y en esto creo que si tengo que definirme, me defino como alguien muy paciente, que cuando dice “allá vamos…”, allá vamos.