La diputada Cornelia Schmidt Liermann lleva adelante el proyecto de “empresas B”, cuyo fin es crear una ley para compañías que tengan como objetivos principales –además de ser rentables– cuidar el medio ambiente y generar un impacto positivo y concreto en la sociedad.

El despacho de la diputada Cornelia Schmidt Liermann es un fiel reflejo de su pensamiento. En concordancia con el proyecto de “empresas B” –compañías que buscan dar una solución a problemas sociales y medioambientales desde el negocio mismo, es decir, sin perder de vista la rentabilidad–, la abogada recicló su oficina con productos sustentables. Sin ser una fanática, confiesa que trata de vestirse con ropa fabricada con productos nobles que hayan sido confeccionados dentro de las reglas del comercio justo. La mirada de esta mujer de raíces alemanas es franca; su ingreso al mundo de la política, bastante reciente. Sin embargo, siempre estuvo involucrada en causas sociales. Cuenta que cuando volvió de trabajar de Alemania, se ofreció como voluntaria del Hogar de Niños María Luisa. Su condición de madre soltera la volvió más sensible frente a las causas sociales. Una tragedia ajena, el secuestro de Axel Blumberg, le causó tal impacto que se acercó a la fundación que dirigía Juan Carlos Blumberg para asistir a las víctimas de secuestro. Allí fue donde la diputada conoció a quien la haría entrar al mundo de la política. En tan solo un año y medio de legisladora, Schmidt Liermann participa de varias comisiones y está por terminar la elaboración de un proyecto que tiene como objetivo darles un marco legal y una razón social especial a las empresas que busquen soluciones sociales y medioambientales, además de ocuparse de su facturación. A ellas se las conoce como “empresas B”. Para la diputada, es primordial que estas compañías tengan beneficios, como exenciones impositivas. “Muchas de las economías regionales ya tienen incorporado esto de que el éxito de la empresa es también ayudar y ser solidarios”, asegura.

Trabajó en los tribunales de Hamburgo, fundó un bufete donde sus principales clientes eran empresas alemanas y, sin proponérselo, se convirtió en diputada. ¿Cómo llegó hasta el Congreso?

Cuando Blumberg decidió meterse en la política, preferí alejarme de la fundación. El destino quiso que uno de los chicos que trabajaba allí y que era el abogado de Juan Carlos, el Dr. Gerardo Ingaramo, fuera electo legislador por la ciudad de Buenos Aires. Me invitó a ser parte de su equipo y luego me nombró Directora de la Comisión de Justicia de la Legislatura. Le estoy sumamente agradecida, porque era un tipazo. Lamentablemente, falleció en 2011 y quedé acéfala. A partir de ese momento me conecté mucho más con Federico Pinedo. Una tarde recibí un llamado de él avisándome que la gente de Compromiso para el Cambio me proponía como candidata a diputada. Quedé helada. No lo podía creer. Sentí que me lo mandaba Ingaramo desde el cielo. A él le hubiera encantado estar en mi lugar.

¿Qué la motivó a trabajar en un proyecto como el de “emprendedurismo B”?

Siempre me gustó lo empresarial, es fundamental para el desarrollo de un país. Desde mi banca, lo que hago es combinarlo con lo social. A partir de la crisis de 2001, la empresa tiene una responsabilidad social que debe cumplir. Hoy no alcanza con que haya políticas públicas del Gobierno y de ONG. Por supuesto, también tiene que colaborar la sociedad civil. Volviendo al tema de las “empresas B” en la Argentina, es una idea que me acercó un paladín, Pedro Tarak. Después, cuando reciclé mi despacho, conocí a una maestra que trabaja con cooperativas del interior. Ella me contó de este movimiento que tiene como principal característica incorporar el hacer el bien dentro de los objetivos de la empresa y que se originó en los Estados Unidos. Con Tarak queremos fortalecerlo en la Argentina y convertirlo en ley.

¿Cómo es el proceso hasta que lo aprueben en el Congreso?

Estoy tratando de convocar a colegas y de concientizar a la sociedad, y en especial a la juventud, de la importancia de que una empresa hoy no haga solo dinero –que está muy bien– sino que además se informe sobre cómo se hace ese dinero. Es importante que se produzca con trabajo justo, con una proyección sustentable y que le dé calidad de vida al empleado. En los Estados Unidos, el 47% de las “empresas B” cuida los recursos energéticos, además tienen toda una cultura que se transmite al productor.

¿Hay empresas argentinas que trabajen de esta manera?

Hay algunas, como Patagonia, que trabajan con el system B. Otra conocida es Intizen. Su dueño está presentando ante la Inspección General de Justicia un cambio de su razón social. Su objetivo es incorporar esto de hacer el bien como función de su empresa. Natura también trabaja de esta manera. En Brasil está mucho más instalado el tema, al igual que en Chile, donde acaban de presentar un proyecto similar, ya es como una categoría de empresa.

¿Por qué necesitamos una ley?

Porque para las leyes argentinas, si vos hacés el bien, sos una sociedad sin fines de lucro. La diferencia es que este tipo de empresas no son ONG porque también quieren ganar plata. Por eso es importante que haya un proyecto de ley, para que vean que se necesita una categoría especial. En la provincia de Misiones están las ferias orgánicas donde se encuentran los productos y se venden con ese concepto, lo que ocurre es que no tienen el certificado de “empresa B”. Este concepto está anclado en el comercio justo, el cuidado y la regeneración del medio ambiente. Para un emprendedor, es un desafío saber que podés ayudar. No hace falta tener una directora de RSE porque ya está dentro de la filosofía de tu empresa. Lo más interesante es que de esta manera le das una vuelta de tuerca al capitalismo. Me entusiasma el tema de que el propio emprendedor ha ido eligiendo ser solidario en su forma de producir. Ellos mismos reconocen que no ganan fortunas, pero que ganan bien y ayudan. Estadísticamente está demostrado que en estas empresas casi no hay despidos. Hay otra conciencia para todo, se repara en el proveedor a quien se terceriza, se capacita. Se abre un mundo fascinante, y creo que puede ser una nueva etapa para las empresas.

¿Los empresarios argentinos trabajan en esta línea?

Creo que ha ido mejorando. Lo que sí veo es una distorsión en las empresas grandes. Por un lado, tenés el programa de RSE, y por el otro, un departamento de Marketing que borra lo que hizo el primero o un gerente financiero que despide gente. Es un cambio cultural. Por eso apuesto mucho a los jóvenes. Ellos tienen más incorporado el cuidado del medio ambiente. El emprendedurismo juvenil con un pensamiento más concreto de que con la empresa se puede ayudar a cambiar al mundo puede andar bien. Cuando fui a las facultades, noté que ellos se enganchan con el tema. En la Argentina faltan algunos beneficios y ayuda financiera para arrancar. Lo que sí tenemos, que siempre destaco, es el ingenio. Por otro lado, debe haber muchas empresas que están trabajando con este concepto de “empresas B” sin saberlo. Hay un megamovimiento a nivel mundial. Hay bancos que son para emprendedores, como el New Resource Bank, que trabaja solamente con “empresas B”. Me encantaría que hubiera uno para Latinoamérica.

¿En qué estado se encuentra el proyecto?

Está casi elaborado. Me gustaría comprometer al Gobierno nacional para que entienda su importancia y pueda salir rápido. Mientras tanto, a quienes se acercan tratamos de ayudarlos. Hace poco vino una emprendedora de la provincia de Córdoba que quería hacer ponchos con este sistema; le hice un nexo con un banco para que la ayudaran con un crédito y ya está trabajando. Para que te den la certificación te hacen todo un seguimiento. En la Argentina hay una calificadora que brinda asesoramiento. Uno de los requisitos es que tengas incorporado el objetivo de bienestar general y el comercio justo. Y como por la legislación todavía no lo podés hacer, estás como a medio camino, porque la ley no te acompaña. Estoy convencida de que si no fuera por el aporte de los empresarios y de las ONG estaríamos en el horno. Gran parte del empresariado y de la sociedad civil es solidaria.

¿Qué balance hace de este primer año y medio como diputada?

Pensé que el Congreso argentino era mucho más formal y no lo es. Los choferes te dicen “che, dipu”. En el exterior es muy diferente. Acá reina la buena onda. Creo que fue muy productivo. Me gustaría poder renovar una vez más y después hacer otra cosa dentro de la política. Uno tiene que dejar el lugar a otros y no perpetuar en un puesto. No me parece sano. Desde ya, quiero seguir ayudando desde el poder político, es algo que me apasiona.