Frente a las costas de Río de Janeiro, el bosque tropical se funde con el mar para conformar un templo ecológico, lejos de los automóviles, de los edificios y de las taras de la civilización.

A veces, los agentes turísticos deben hacer malabares para posicionar un destino. A los sitios que carecen del mínimo soporte de comodidad les  cuelgan el letrero de “salvaje”, “silvestre”, “natural” o lo que toque en suerte. Cualquier cosa que reconvierta a la precariedad en un signo de distinción. Ilha Grande juega otras cartas. Sus 200 kilómetros cuadrados le huyen a la modernidad por profesión de fe: lo que ofrecen en crudo supera, por lejos, cualquier pretensión de novedad.

A efectos prácticos, Ilha Grande comparte con otras playas de Brasil su logística de mimbres mínimos y su renuencia a los autos, a las discotecas, al hormigón armado y, por lo general, a todo lo que remita a viaje de egresados. Sin embargo, la singularidad del caso es que Ilha Grande reúne en su silueta los fastos del bosque tropical con un elenco de 106 playas de fantasía, resguardadas por palmeras, surcadas por ríos y senderos hacia la selva atlántica. Sus calles son, en su mayoría, de arena, y las pocas tapizadas de adoquines ofician de sendas peatonales. Ningún incauto podrá alegar la urgencia de un banco ni saciar las pulsiones en un centro comercial. Sus orillas retransmiten el sonido envolvente del runrún de las olas, la música de las aves y el balbuceo de sus visitantes.

Cada vez que se la evoca en alguna semblanza surge el orgullo por la extensión de su patrimonio motorizado: la ambulancia perteneciente al puesto de salud, el patrullero, el camión de bomberos. No hay más. Para regocijo de los pregoneros de la movilidad sostenible, el único trasporte autorizado para el público es la bicicleta.

La vocación por la preservación del medio ambiente se traslada a su oferta de hospedajes. Los grandes hoteles son reemplazados por posadas de una o dos plantas en primera línea de mar, preferentemente atendidos por sus propios dueños. Quien desee saciarse de la alegría brasileña tiene a disposición barcinhos con rodas de samba, siempre a tono con la propuesta de sosiego y tregua…  Todo lo demás sobra…

Playas de ensueño

Del catálogo de playas, la vedette es Lopes Mendes, piropeada por la revista Times como la más bonita de toda la costa brasileña y la décima en el ranking mundial. Más de tres kilómetros de arena blanca que dialoga con un mar de humor cambiante. El agua es transparente y cambia de tono durante el día. Sus corrientes convocan a surfistas de todo el mundo. A diferencia del litoral brasileño, la puesta en escena está despojada de parafernalias: hay vegetación, hay mar y allí termina la cuenta.

Cada una de las playas tiene su personalidad. Desde las explanadas de largo aliento salpicadas por el mar turquesa hasta las calas portátiles, secundadas por el manto de la selva. Sus aguas completan la faena con arrecifes de coral, estrellas de mar y peces tropicales entrevistos en los documentales.

Tierra adentro, la topografía juega a las escondidas. El turista se puede topar con una laguna azul, que es el mismo mar camuflado en una ensenada. La selva es omnisciente y le otorga a la escena su derroche de color y humedad.

En medio del vergel se aprecian los estertores de un acueducto romano con arcos hundidos en la vegetación. Se trata de una construcción que llevaba agua al Lazareto, un edificio que fue hospital y prisión en las épocas menos hedonistas de la biografía de la isla. Hacia la ribera se avistan los restos de otro presidio, que luce su estampa de huella dactilar de aquel derrotero.

Como su nombre proclama, la extensión de la isla demanda al viajero tiempo para degustarla en su totalidad. Unos 15 mil argentinos viajan cada año para cumplir el cometido y unos cuantos la adoptan como ritual de cada calendario. Como los pioneros de hace cinco siglos, accederán a las 106 playas a pie mientras vadean los caminos entre la selva, aunque algunos prefieren alcanzarlas por barco o bicicleta.

Aventura y naturaleza

El bosque tropical también sorprende a mitad de camino con cascadas prestas para refrescarse del esfuerzo de las caminatas. La isla no pide héroes con deberes hechos en el gimnasio. Se puede ser turista a tiempo completo, aunque Ilha Grande también es receptiva con aquellos viajeros sedientos de aventura.

La selva reclama safaris o circuitos de trekking según las necesidades. Quien se anime a adentrarse compartirá el cuchicheo de una manada de monos, el vuelo de mariposas gigantes, la irrupción de lagartos o mulitas, y un inventario de bichos tropicales.

Sus aguas llaman al buceo y al snorkel. Sus cumbres, a las escaladas. Como el pico de Papagaio, con sus 985 metros, y el pico da Pedra D’água, con una altura apenas mayor. Hay excursiones oficiales que durante cinco horas ponen a prueba la resistencia, aunque la panorámica del paisaje desde las alturas redime cualquier sacrificio.

Hubo un tiempo, a principios de la década del 90, en que el jet set brasileño –la animadora Xuxa, el automovilista Ayrton Senna, entre otros– la adoptó como quinta de fin de semana. Ni siquiera su advenimiento como refugio de celebrities puso en discusión las preceptivas de preservación del lugar.

Desde aquellos años hasta hoy, el tráfico se compone de viandantes, bicicletas y carretillas que utilizan los pobladores como servicio de traslado de las valijas de los recién llegados y también los proveedores de las mercancías de las embarcaciones al puerto.

Para moradores y viajeros, el sitio de referencia es la Vila do Abraão, virtual capital de la isla, que hace las veces de circuito comercial y es el paraje que nuclea a la mayoría de las posadas y las agencias que ofertan los paseos, además de restaurantes y locutorios.

Vila do Abraão se estableció como tal porque también es el casco histórico de la isla. Sus calles cobijan iglesias y todas las casas herederas de la época colonial, en correspondencia arquitectónica con el paisaje del puerto. En su ribera se pueden alquilar los taxi boats, pequeñas lanchas que hacen traslados del centro a las playas más alejadas de la isla.

La adopción de políticas de defensa del medio ambiente fue consensuada apenas se cerró la célebre cárcel Cándido Mendes, en 1994. El Gobierno decidió por aquel entonces impulsar el turismo y la investigación ambiental, con un celo puesto en la inalterabilidad del entorno.

Como corolario de esa estrategia, Ilha Grande se posicionó como una de las grandes atracciones del litoral de Brasil. Dos décadas después, la apuesta sigue en pie. Una Brigada Ecológica, asociación civil apoyada por empresas, recluta a medio centenar de niños y adolescentes que reciben capacitación y se ocupan de la higiene de las playas. Cada mañana recogen los residuos que los bañistas dejaron en la arena como causa personal.

Las playas, los morros, la selva y los ríos, guarecidos de las depredaciones y ajenos a las recalificaciones del suelo que degradan tantas costas, relucen como una de las mecas del ecoturismo del continente. De paso, destellan como espejo y referencia para villas vecinas y no tanto.

Lejos del paraíso

Todos los jardines del Edén suelen ocultar su lado oscuro debajo de la alfombra. Durante muchos años, Ilha Grande estuvo lejos de funcionar como sucursal del paraíso. Por el contrario, la isla fue refugio de los piratas que acechaban a los barcos que llevaban las riquezas de las Américas hacia España. Luego ofició de centro de cuarentena de los esclavos que provenían de África en su transición hacia América. Cuando Brasil abolió por ley la servidumbre, en 1831, la isla se transformó en un santuario de contrabandistas.

El vínculo con los bajos fondos y las iniquidades de la historia no se detuvo allí. A finales del siglo XIX, la provisión de inmigrantes llegados de Europa indujo al Gobierno a trasladar a la isla a los recién llegados sospechosos de estar enfermos de cólera.

Durante el siglo XX, la isla mantuvo su fama de mazmorra y afición al castigo. El régimen militar instaurado en 1964 mandó construir una cárcel para albergar en principio a los presos políticos, a los que después se adosaron los presos comunes. Recién en 1994 el penal fue cerrado y la isla puso candado a ese frondoso prontuario de sufrimientos.

Una playa por día

A solo 150 kilómetros de Río de Janeiro, la bahía de Angra dos Reis es una fábrica de playas. Tiene un stock de 2000, a las que distribuye entre el continente y las 365 islas, una para cada día del año, como suelen mentar sus habitantes.

De todas ellas, no solo Ilha Grande se precia de su carácter virgen e impermeable a la vida urbana. En la gran mayoría de las islas no hay edificaciones ni baños públicos, y el municipio establece un máximo de estadía de personas por día en cada una para evitar el hacinamiento y sus derivaciones. Probablemente, la bahía conserva la misma fisonomía con la que los portugueses quedaron impactados el Día de Reyes de 1502. Si bien Angra dos Reis ocupó un lugar estratégico como puerto, el fin de los ciclos del café y el oro posibilitó su olvido y la consiguiente preservación de su naturaleza.

Hay paseos entre las islas durante el día que permiten atisbar su dimensión en menos de cinco horas. En el puerto de Angra se ofrecen excursiones en barco, en lanchas privadas con tripulación o en velero de alquiler. En el trayecto se pueden visitar las islas paradisíacas que relucen como patrimonio de celebridades y hacer buceo por su profusa oferta de naufragios y fauna marina.

CÓMO LLEGAR

 La opción más expeditiva para llegar a Ilha Grande es desde la ciudad de Río de Janeiro, en bus hasta Angra do Reis. Hay servicios regulares de transfers que pasan a buscar a los pasajeros por los hoteles. Desde Angra dos Reis o Mangaratiba salen ferries y catamaranes que llegan a la isla en un recorrido de una hora y media.

Dónde dormir

Posada Olhos d´agua (Francino Inacio Nascimento, 369; antiga Rua do Cemitério, Vila do Abraão). Ubicada en un rincón acogedor de la isla, ofrece cómodas habitaciones en contacto directo con la naturaleza. [email protected]

Cabaña O Paraiso (Praia Brava de Palmas). Localizada en una de las playas emblemáticas de la zona, es una cabaña que ofrece suites amplias frente al mar y cercadas por la exuberante mata atlántica. Tel.: (21) 9608-1987. http://www.cabanasparaiso.com/

Dónde comer

En los bares y restaurantes se degustan los platos típicos del lugar, como frutos de mar y cazuelas de pescado, acompañados por caipirinhas o cervezas. Además, se pueden comer pastas, carnes y pizzas.

 Recomendaciones

Es condición fundamental cambiar pesos, dólares o euros por reales antes de viajar a Brasil. No existen bancos ni cajeros electrónicos en la isla. Todos los dípticos recomiendan al visitante olvidar la ritualidad de la vida urbana. Ilha Grande se precia de naturaleza viva, y advierten que es común la proximidad de insectos y animales silvestres.

Clima

La temperatura media anual es de 22,5 ºC. El pico de calor es el mes de febrero, con 25,7 ºC de media, y el de frío es julio, con 19,6 ºC.

Más información

Comité Visite Brasil, Embajada del Brasil en Buenos Aires, Cerrito 1350, entrepiso, Tel.: (11) 4515-2422.

[email protected] | http://buenosaires.itamaraty.gov.br

www.visitbrasil.com