Belén Murphy lidera la ONG Mediapila, que promueve a través de la enseñanza del oficio de la costura, el fortalecimiento de la confianza y la autoestima para emprender sus proyectos propios.

¿Cómo y cuándo surge la idea de desarrollar una ONG que promoviera la inclusión laboral de las mujeres en situación de vulnerabilidad?

A fines de 2005 comenzaron las actividades. Su fundador fue José Sarasola, quien con un grupo de amigos (de veintipico, en ese entonces) decidió trabajar con mujeres capacitándolas en el oficio de la costura. En ese momento, la motivación era que la gente pudiera salir de la pobreza a partir del trabajo, esto de dar la caña de pescar y no el pescado. Empezaron en un comedor, en el barrio de Chacarita, que estaba muy cerca de la estación de tren, así que iban muchas mujeres de zona norte que “cartoneaban” por avenida Corrientes. Instalaron máquinas de coser, y quienes paraban para comer se dedicaban un rato al aprendizaje. Hoy en día seguimos trabajando con personas que no poseen conocimientos previos, de 30 años para arriba, sin formación académica. Algunas ni siquiera tienen el colegio primario y no saben leer ni escribir. Por eso, algo lindo de este oficio es que es muy práctico y manual, trabajamos mucho con imágenes. También por eso se eligió la costura, porque es accesible y porque Mediapila nace con la idea de generar un área de producción que promueva que las mujeres que se van capacitando tengan una salida laboral a partir de los productos.

¿Los fundadores siguen participando?

Hace ya cinco años que ellos no participan. La realidad es que el proyecto tiene que trascender a cualquier persona.

¿Cómo se enteran las alumnas de la existencia de los talleres?

Depende del programa. En la sede damos capacitación en costura industrial, que es el taller más antiguo, pero también ofrecemos cursos de costura itinerante. Trabajamos en el barrio 31 y en lo que es la 1.11.14 (Soldati y Lugano). Funciona mucho el boca a boca, por recomendación de las chicas que se capacitan. Además, articulamos con organizaciones que trabajan con la misma población (el CPI, las trabajadoras sociales de las salitas de salud) y con personas del asentamiento de Chacarita, que está alrededor de la estación, y de La Carbonilla, el asentamiento de Paternal. Por ahí en Villa Crespo no es tan visible la población vulnerable, pero quizás viven a 20 cuadras de la sede, en zonas muy transitadas. En el centro de la ciudad también hay gente muy necesitada. En todos los territorios buscamos armar esta red de contención a mujeres, presentando el curso y detectando quién podría hacerlo con el fin de una salida laboral.

¿Qué duración tienen los cursos?

El de la sede dura dos años, de abril a noviembre. Se cursa durante cuatros horas y una vez por semana. El itinerante dura cuatro meses. Hay muy poca deserción, porque somos muy minuciosos con la inscripción. Valoramos la motivación, el interés en el oficio y la disponibilidad, que lo puedan sostener. El cupo este año va a ser de 80 alumnas, que es un montón, pero considerando la cantidad que lo necesita no es nada. Por cursar en la sede reciben una beca económica de un programa del Gobierno de la Ciudad, pero eso no lo contamos hasta que la mujer está inscripta, porque buscamos que haya ganas de transformación. Les avisamos que es un proceso personal, de sanar para vivir de otra manera. No es “Vengo, coso y me voy”. Les pedimos apertura, porque hacemos actividades que tienen que ver con la confianza y la autoestima. Es un proceso transformador que es fundamental para que puedan sostener un empleo. Por ahí una alumna es la mejor costurera, pero no se anima a hablar. ¿Cómo vas a pelear un precio si no valorás tu trabajo? Nuestro abordaje es integral. A veces, no tienen registro de todo lo que les pasa. Yo siempre digo que si me sumo a un desayuno, tengo que estar disponible para participar, porque no les voy a pedir a ellas algo que yo no estoy dispuesta a hacer. Tiene que ver con respetar la humanidad de cada una y con el compañerismo. Para hacer un cambio hay que empezar por uno, y eso va desde mi rol como directora hasta el voluntario que entra.

¿Qué significa para vos la RSE?

Lo valoro cuando es parte de la cultura de la empresa, cuando lo toman en serio y eligen hacerlo como parte de su cotidianeidad, cuando el departamento de RSE está involucrado o es gente formada en ciertas temáticas y no tenés que convencerla. El mejor vínculo es el que se construye en el tiempo, no es una donación millonaria; es poder presentarles nuevos proyectos, pedir referidos y compartir experiencias. Este año hicimos una acción buenísima con las marcas Arredo y Ver por el Día de la Mujer, y a raíz de ese vínculo vamos a desarrollar productos fijos para las góndolas, unos almohadones y portacuadernos. Una alianza fija y estable para nosotros vale mucho más, y sabemos que les implica salirse de su zona de confort. Creo que la RSE debería ir por ahí, no por una acción aislada. En marzo también se contactaron empresas para regalar remeras de Mediapila que dicen “Sororidad” en el frente, y hace cinco años eso era algo impensado.

¿Cuáles son los proyectos a futuro?

Empezar a trabajar con mujeres más jóvenes que se encuentran digitalizadas y pueden acceder a otras capacitaciones, más allá de la costura, y que ya no están tan solas, porque empiezan a tener su tejido social. Pero sí es necesario todavía trabajar mucho la perspectiva de género. Obviamente todo el tiempo se pone en discusión, porque es tan importante trabajarlo con las mujeres como con los hombres, ya que hay cuestiones culturales que limitan mucho a los varones, desde lo emocional y su masculinidad. Pero, bueno, de a una cosa a la vez. También, de acá a tres años, queremos ampliarnos a otras provincias. Cuando participás en los cierres de los cursos, notás que la intervención logra el resultado. A donde vamos, dejamos algo que tiene que ver con el espíritu de generar comunidad y empoderamiento económico a través de la marca.