El doctor Matías Najún fundó el Hospice Buen Samaritano para ofrecer gratuitamente un cuidado profesional y compasivo a personas sin recursos que están atravesando la última etapa de un cáncer terminal. Su objetivo es acompañarlas y ayudarlas para que vivan ese lapso aliviadas y con dignidad.

Es muy poco tiempo. No se mide con días ni horas, sino con instantes, con momentos que cerrarán el círculo divino de la vida: el latir de un corazón que se va deteniendo, la voz que comienza a acallarse en un susurro, la mirada que aletargándose olvida sus brillos. El lapso es digno y no hay dolor. El ángel descubre que sobre el cabezal de la cama está el nombre: “SANTIAGO”. Nada de fríos números hospitalarios ni historias clínicas colgando a los pies, allí está el nombre que identifica al huésped, a la persona, a su adultez, a su juventud y a su niñez. La humanidad del ser, el todo en la parte y la parte en el todo. Afuera el ombligo sigue girando sobre su propio mundo, engreído, voraz e, incluso, pusilánime. Aquí, un alfiler bastaría para pincharle el globo al más volátil de todos los ombligos. Las cosas se potencian: la sonrisa, la lágrima, el abrazo. La parte es SANTIAGO recreando su biografía, haciendo cuentas, pasando nudos en el ábaco de sus años, un déjà vu que lo trae en tren desde el interior del país, la colimba en Campo de Mayo, una manita frágil pintando un mandala de colores, el canto de un pájaro que conmueve, el aroma de una tarta recién horneada o el rayo del sol penetrando la ventana desde la lógica cotidiana. La parte se funde al todo. Esa es la vida sopesada en su pronta finitud. Son cosas que pasan, y todos sabemos que van a pasar. Este es un hogar como cualquier otro, donde la gente vive y muere, en el que la mesa se sirve para agradecerla y compartirla. Pronto habrá otra casa. “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar. Y después de ir y prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes” (Juan 14: 2-3). La imagen conlleva una dulzura extraordinaria: preparar el hogar para darle cobijo al huésped, un sitio donde la medida es el servicio y el servicio es el amor que recibe SANTIAGO en su lecho.

¿Cómo surgió la idea del Hospice Buen Samaritano?

Después de recibirme de médico en la Universidad de Buenos Aires, y hacer la residencia de medicina familiar, me interesé en la especialidad de Cuidados Paliativos. Viajé a España e Inglaterra a entrenarme. A mi regreso, me apunté como voluntario en el Hospice San Camilo de Olivos, en Buenos Aires. Soy muy creyente y siempre me movilizó el hecho de poner en juego mi fe y mi vocación. Entonces, empecé a gestar la idea del hospice en 2006. Convoqué a gente amiga de diversos rubros: un ingeniero, un abogado, un contador, algunos de la salud, otros muy creativos, y así fuimos escribiendo la base de lo que queríamos hacer. Estuvimos casi dos años en esa aventura. Formamos a los primeros voluntarios con un curso de seis meses. Cuando todo estaba listo, salimos a presentarles la propuesta a diversas fundaciones para ver si podían ayudarnos a hacerla realidad. Finalmente, en 2009 logramos ponerla en marcha gracias a la ayuda de la Fundación Pérez Companc, que nos donó la casa en Pilar donde hoy funciona el Hospice Buen Samaritano, y la de un grupo grande de donantes que nos ayudaron con las obras de remodelacion. Ya hemos alojado a más de 250 personas con enfermedades terminales.

¿De qué manera motivás a un voluntario para que se sume a un proyecto como este en el que la muerte es cotidiana y quizás el choque anímico es fortísimo?

Primero lo invitás a sumarse, a ayudar desde donde pueda. En un hogar donde hay gente que se va a morir, el voluntario se vincula desde lo más cotidiano de la vida, acercándoles un té, por ejemplo. La gente se suma para ayudar y no para acompañar a morir. Algunos están en el lavadero, traen las sábanas y las acomodan. Otros limpian los vidrios o cocinan. Y cada una de esas tareas es tan valiosa como la de la enfermera que le pone la chata al huésped. Todo eso impregna una cotidianidad de hogar al Hospice. Acá no se vive un clima de bajón, por el contrario, la casa es muy vital. Tratamos de crear el clima de un hogar de familia. Alguien se puede estar yendo y, sin embargo, se vive en serenidad. Claro que hay situaciones difíciles. Acompañar a huéspedes jóvenes con hijos chiquitos es muy duro. Entonces, nosotros vamos conteniendo al grupo de voluntarios. Tenemos reuniones de tres o cuatro horas todos los jueves, ahí repasamos la semana de cada huésped y las necesidades de la casa. El voluntariado es magnífico; pensá que solo entregando unas horas por semana ayudás muchísmo; este servicio tiene una acción terapéutica potente, los huéspedes reconocen que hay gente que los ayuda sin ni siquiera conocerlos, y esa actitud empieza a sanar sentimientos profundos, heridas que son invisibles y no se aplacan solo con un calmante. Somos más de 120 personas las que atendemos el Hospice, eso representa mucho profesionalismo y amor en movimiento.

¿Quiénes autorizan el traslado del huésped?

Cuando no tienen familiares, por supuesto hablamos con ellos mismos y con el hospital donde están internados. En los casos en que los familiares acompañan, concertamos una entrevista con ellos para ver cuánto saben de la enfermedad que padece el huésped. Le pedimos siempre un informe médico al hospital. Laura es la Coordinadora de la Enfermería, es ella quien realiza todos los ingresos.

Parece que las enfermeras recobran aquí el grado de importancia que verdaderamente tienen y que muchas veces la sociedad olvida reconocerles.

Así es. Lamentablemente, las enfermeras son relegadas en su quehacer, se las menosprecia, cuando en realidad es una profesión enorme; ellas gestionan, organizan, deciden, y a nosotros nos gusta que sean ellas quienes coordinen el hogar. Es una vocación de muchísima entrega y amor. En nuestro equipo trabajamos codo a codo: médicos, enfermeras, psicólogos, religiosos, voluntarios, entre otros muchos que colaboran.

¿Cuál es el promedio de permanencia de los huéspedes?

Alrededor de los 25 días, pero hemos tenido huéspedes de ocho o nueve meses, casos excepcionales. Cuando llegan, presentan una notable mejoría inicial, necesitan menos calmantes para aliviar el dolor, logran descansar y recuperar el apetito. De esta manera, viven mas tiempo del previsto inicialmente y durante esas semanas ocurren muchas cosas buenas, familias que se reencuentran, heridas que se cierran.

¿El tema de la muerte es recurrente entre los huéspedes o buscan evadirlo?

Es un tema del que hay que hablar, pero no forzamos a nadie hacia esa conversación. Un porcentaje muy chiquito llega en un estado de confusión absoluta, quizás por metástasis cerebrales; pero por lo general, todos llegan conscientes aunque desconociendo los pormenores de su enfermedad, esto último también ocurre entre los familiares, ya sea porque no les brindaron toda la información o porque no se animaron a preguntar. A los médicos les cuesta hablar de estas cosas, lleva tiempo y a veces no lo tienen. Entonces, empezamos a acompañar a los huéspedes y a sus familiares en este proceso, derribando los tabúes y hablando cuando se puede del diagnóstico. Cuando el huésped está solo, nos movilizamos para contactar a sus familiares, buscamos generar reencuentros que permitan sanar heridas, cerrar historias, brindarles un espacio seguro que emule la calidez de un hogar y propicie las condiciones para organizar sus cosas.

¿Cómo convive tu familia con tu trabajo?

Actualmente soy jefe de Cuidados Paliativos en el Hospital Austral. También atiendo con el Hospice en los hospitales públicos de Pilar y de San Miguel. O sea que el Hospice no es “Matíasdependiente”. Acá hay un equipo. Pero mi familia sabe y comprende cuál es mi vocación. Esta es una misión familiar, y lo viven de manera natural. Porque mis hijos hablan del Hospice como si fuese la plaza. Cuando arrancamos, yo tenía dos hijos, ahora tengo cinco. La más grande tiene diez años. Ellos vienen, se sientan a dibujar, saludan a los huéspedes. [Matías se emociona profundamente al hablar de sus hijos y el amor que sienten por el Hospice, me cuesta no contagiarme con sus lágrimas]. Ellos ya son parte, saben que aquí hay gente pobre y que se va a morir. Entienden que nosotros estamos para cuidarlos.

Vos estás en contacto permanente con pacientes de perfiles sociales, culturales y económicos muy dispares. Atendés en el Hospital Austral, en hospitales públicos y en el Hospice. ¿Existen diferentes posturas al momento de afrontar ese camino final?

En ese momento nos igualamos todos, y lo principal siempre termina siendo lo afectivo y el ser tratados humanamente. La diferencia que puede presentarse, y en esto estamos generalizando, es que aquellas personas que durante su vida tuvieron mayor poder o gobernaron sus destinos se resisten al devenir natural aferrándose a la vida, intentando buscar alternativas, otros oncólogos. Resulta más difícil toda la situación, pues existen en ciertos casos intereses económicos, internas familiares, temas legales, matices más complicados que ponen en crisis a todo su entorno. Por su lado, la persona más sencilla lo vive con otra naturalidad y sabiduría, asimilando el proceso como parte de la vida, incluso con otra fe. Piensa: “Si esto me tenía que pasar, Dios sabrá por qué”, mientras que otros se siguen preguntando: “¿Por qué me está pasando esto a mí?”. Uno aprende mucho de eso, te enseña a mirar la vida de otra manera.

¿Y cómo mirás vos la vida y la muerte?

Todo el tiempo estoy acompañando gente que se está yendo. Sé que es un momento difícil; te arrancan algo, pero no sabés que va a ocurrirte. Mi fe me lleva a pensar que es un camino que hay que transitar, una oportunidad para prepararte. Distinto es cuando es un accidente y todo se da de imprevisto. Mirar lo que has vivido, decidir, tomar posiciones, ver lo que viene. Te redimensiona, no es que las otras cosas empiezan a parecer pavadas, todo es importante. Si mi hija está resfriada o tiene que dar un examen en el colegio, esos no dejan de ser temas importantes para mí, incluso comprendiendo que hay gente que se está muriendo. Lo que sí vas viendo es dónde ponés el foco, la velocidad con la que vivimos, la guita, el reconocimiento profesional, todo eso que tiene que ver con cierta soberbia va a quedar debajo de la mesa. La vida es muy corta, 20 u 80 años son muy poco.

Depende de para quién. Sospecho que muchas personas preferirían vivir menos que padecer tanto.

Desde ya, habrá gente que se quiere ir antes, pero el tiempo es corto para todo lo que uno podría hacer para mejorar su vida y la vida de los demás, estar con sus hijos, ser mejor en lo tuyo. Hay huéspedes que sienten que estos últimos días en el Hospice fueron el mejor tiempo de su vida, porque son tratados como reyes, cariñosamente y profesionalmente. Siempre cuesta irse, sobre todo a la gente más joven. Los más grandes saben que viene algo mejor, se vuelven a encontrar con su gente, familiares y amigos que ya se marcharon antes.

Me imagino que en ese sentimiento está arraigada una fe, pero sin ella, ¿cambia de manera rotunda el panorama de la partida?

Seguro. Ves gente que se choca contra una pared, porque al no mediar la fe de una continuidad, la cosa se acaba acá. Sin una mirada trascendente, es raro.

¿Y cómo hacés para que les sea más llevadero ese choque agnóstico?

Acompañándolos con amor y mucho cuidado. Como te comentaba antes, los huéspedes ven que un grupo grande de gente se brinda por completo sin conocerlos, entonces algo en ellos empieza a removerse, sienten que debe haber otra cosa que cura las heridas más allá de la medicina, que alguien los escucha y los dignifica, que confronta ideas con ellos, y de a poco, las murallas se van cayendo.

Ustedes tienen poco tiempo para entablar un vínculo o para construir puentes con los húespedes ¿Llegás a interiorizarte con las historias personales de cada uno de ellos?

Esa es la clave, el corazón del cuidado. Podemos ser expertos en dar bien la morfina (y lo somos), pero la clave es meterte en sus historias, escucharlos y ayudarlos a releer su propia vida, quiénes han sido y quiénes son. Te interesás en esas historias, en sus pasados, sus dolores y en sus heridas que hay que resolver. Esto lo hacemos entre todos. Va una psicóloga, una enfermera, el cura. Entre todos reconstruimos la biografía, la reescribimos. Algunos se enganchan conmigo, otros con una enfermera o un voluntario. Hablamos de todo a la medida de cada uno. El tema de la información en cuidados paliativos es un arte, vas avanzando si ellos te dan lugar y te preguntan, hay momentos para todo, y los momentos acá los medís en un mes.

¿Cómo es el desenlace final?

Se enciende una vela durante los últimos días de agonía del huésped. Buscamos que todo sea sereno, en paz y con mucho cariño. Cubrimos su cuerpo con una sábana blanca y lo acompañamos hasta la puerta cantando. Ahí lo despedimos para que lo lleven al cementerio. Si sabemos que no tiene familia, nos ponemos de acuerdo entre todos y vamos al velorio.

¿Sentís alivio en ese momento?

La palabra no es “alivio”. Lo que siento es que lo ayudamos a vivir con dignidad, serenidad y paz su camino final. Y que de otra manera eso no hubiera ocurrido. Es la sensación de misión cumplida.

¿Qué canción cantan?

A mí me surge siempre, de manera natural, Mientras recorres la vida. 

Cuando estés leyendo esta nota, seguramente SANTIAGO haya partido. Quizás, la vela encendida al final de sus días aún esté brillando. Es probable que la gente del Hospice lo haya acompañado con un canto hasta la puerta (Mientras recorres la vida, tú nunca solo estás; contigo por el camino Santa María va), cariñosamente, con sus voces serenas (Ven con nosotros a caminar, Santa María, ven), secundándolo en paz como quien despide en la puerta de su hogar a un familiar, con una sensación encontrada entre la pronta nostalgia de la ausencia y la profunda gratitud del deber cumplido (Si por el mundo los hombres, sin conocerse van. No niegues nunca tu mano, al que contigo está), de haberle dado cobijo durante la tempestad, calmándole el dolor para evitarle la pena del padecimiento indecoroso (Si por el mundo los hombres, sin conocerse van. No niegues nunca tu mano, al que contigo está). Devolviéndole la dignidad del ser. La muerte de SANTIAGO no será patriótica ni gloriosa, no habrá diarios ni noticias, será de lo más normal, porque, en definitiva, en ese momento todos nos igualaremos ante el destino y nadie resucita para escuchar los aplausos y los honores (Ven con nosotros a caminar, Santa María, ven). Solo podemos ganarle la partida a la muerte un segundo antes, en el instante inmediato en el que nos abrazamos a nuestra biografía, amigándonos, perdonándonos o haciendo la vista gorda a lo que fuimos e hicimos. La única certeza es que cinco, treinta u ochenta años siempre son pocos para vivir la vida.

EL ORIGEN DE LOS HOSPICES Y CUIDADOS PALIATIVOS

Durante la Edad Media los hospicios fueron lugares que daban refugio, alimento y cuidado a los peregrinos que, generalmente, llegaban enfermos o moribundos. El término “hospicio” comenzó a vincularse con el cuidado de los moribundos en el año 1842 en Francia, cuando Madame Jeanne Garnier fundó los llamados “hospicios” o “calvarios”. Posteriormente, en 1879 aparecen Our Lady’s Hospice en Dublín, y en 1905, St. Joseph’s Hospice en Londres, ambos fruto del trabajo de Las Hermanas de la Caridad Irlandesas. El Movimiento de Hospicios Moderno data de 1967 y se le atribuye a la fundación del St. Christopher’s Hospice de Londres. Fue esta institución la que demostró que un buen acompañamiento emocional, social y espiritual permitía mejorar significativamente la calidad de vida de los enfermos durante los últimos días de sus vidas. Este fue el primer hospicio en el que, además de dar atención a los huéspedes, se les brindaba apoyo a las familias durante esos últimos días y el proceso de duelo. Su fundadora, Dame Cicely Saunders, es considerada como la pionera en este área. En 1980, la Organización Mundial de la Salud (OMS) decide incorporar el concepto “cuidados paliativos” y promover el Programa de Cuidados Paliativos como parte del Programa de Control de Cáncer. El cuidado paliativo es un concepto amplio que considera la intervención de un equipo interdisciplinario, integrado por médicos y otros profesionales como enfermeras, asistentes sociales, psicólogos, terapistas ocupacionales, representantes de la pastoral y voluntarios.

VOLUNTARIADO Y COLABORACIONES

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Tel.: 0230-4433758