Maestra arriba y abajo del escenario, da cátedra sobre cómo hacer del talento un medio para vivir mejor. Los riesgos del éxito y de las sentencias ajenas. Lejos del bronce, se ríe de los laureles conseguidos y apuesta a la coherencia del deseo propio.

Norma Aleandro va liviana por la vida, se ríe a carcajadas, tiene salidas disparatadas, dice malas palabras sin ningún pudor y se espanta cada vez que se le recuerda que es una señora actriz, con todas las letras y todos los honores. Ella huye del regodeo nostálgico del pasado y tampoco proyecta el futuro. Por eso dice que Hollywood nunca fue su plan y que los años que trabajó allí después de que La historia oficial ganara el Óscar a la Mejor Película Extranjera fueron suficientes para corroborar que ella era un animal de corral y que no estaba dispuesta a dejar sus afectos, su casa, sus árboles y sus perros. Está convencida de que el éxito ayuda a conocer a una persona en profundidad y de que la transformación a veces no es positiva: “Conocí mucha gente a la que yo amaba en el fracaso, pero que me decepcionó en el éxito”. Su experiencia le indica que cuando soplan vientos de triunfo, aparece un espíritu revanchista en algunos. No fue su caso, claro.

Usted podría haberse tomado venganza después de La historia oficial.

Pero es que no tengo eso adentro, me parece tan absurdo en vez de alegrarte y festejar con una matraca, ¡ponerte a buscar a los que te trataron mal!… ¡Qué tiene que ver eso con un éxito! En general son más los fracasos que los éxitos, pero no se mencionan, entonces se olvidan. Uno debe tener la conciencia de que no es un éxito ni es un fracaso, sino que está teniendo un éxito o un fracaso.

Lograr esa claridad de separar el ser del hacer (y sus resultados) le llevó mucho trabajo (interno y sobre el escenario). Se había quedado prendida a la sentencia de muerte que le había firmado una maestra de teatro: apenas tenía 13 años cuando esa señora, muy respetada por entonces, le dijo que no servía para ser actriz. Reconstruir su autoestima le costó años: “En la medida en que me llamaban para trabajar, sentía que estaba engañando, que parecía que estaba bien lo que hacía, pero que en el fondo no lo debería estar tanto”.

¿Qué se necesita para subirse a un escenario?

No lo sé. Hay distintas formas de entrar a un escenario y distintas razones profundas.

¿La suya cuál es?

A mí todavía me divierte mucho hacer personajes e interactuar con otros actores, meternos en vidas que no tienen nada que ver con la nuestra, es absolutamente divertido. Además, siempre tenés el misterio delante. Un personaje es un misterio enorme, nunca sabés cómo te va a salir ni por dónde. En El rehén, de Brendan Behan, por ejemplo, yo hacía a una prostituta que regenteaba un prostíbulo, pero sentía que el papel estaba muy actuado. Resulta que, en el ensayo general, cuando me fui a poner las medias, tenía una corrida, y dije: “La voy a dejar”. Entonces, arrugué toda la bata y me desmadré de acá arriba [señala su torso], y ahí estaba el personaje [se ríe], pero nunca sabés por dónde.

¿Qué hace cuando no está conforme con su actuación?

Hay que seguir y seguir, pasar por el ridículo, volver del ridículo, y sobre todo probar y probar, llevar cosas nuevas a los ensayos, siempre les pido eso a los actores cuando dirijo.

Su espíritu lúdico le permite dirigir desde Escenas de la vida conyugal hasta Franciscus, una megapuesta musical que mezcló lo teatral con lo circense. Al encarnar personajes, no trabaja con la memoria emotiva, el tan divulgado método de Konstantin Stanislavski. Sería solo un dato técnico si no fuese porque al explicar sus razones delinea una ética que la lleva a privilegiar lo humano sobre lo actoral.

 ¿Por qué no trabaja con memoria emotiva?

Lo hice muchos años, pero es muy dañina. Te doy un ejemplo bastante claro: la escena en que se despierta Julieta y encuentra a Romeo muerto y decide matarse. Julieta se despierta contenta y se encuentra con su amor muerto. Con la memoria emotiva, ¿a dónde recurre para encontrar ese pesar?

A su historia, a una madre muerta, por ejemplo.

Dale, se echa a llorar esa chica, todos dicen “¡Qué bien, qué bien!”, porque logró una emoción y a los otros los puso en esa emoción. Mañana la vuelve a pensar, vuelve a llorar, le vuelve a pasar. Tercera, cuarta, la séptima recurre a eso y no le pasa nada…

¿Llega a anestesiarse?

Es así, porque ese lugar de la memoria de tu vida, que es sagrado, si vos estás tocándolo todo el tiempo para usarlo, llega un momento en el que empezás a dudar…

Creí que su resistencia al método era por el peligro de que el actor se hundiera en esa emoción y no pudiera salir.

No, es al revés. Es ir vendiendo la cosa más sagrada que tenés, que es tu memoria, las emociones, porque vas recurriendo a ellas. O sea, vas matando memoria importante en tu vida y se va transformando en nada, en un archivo seco, terrible lo que pasa como persona; te estás atacando como persona para ser actor, ¡no vale la pena ser actor de esa manera!

¿Cuándo lo descubrió?

Haciendo y mirando a otros. Hace ya muchísimos años, tendría yo veintitantos, treinta.

¿Le llegó a afectar en lo personal?

No dejé que ocurriera. Estaba haciendo más cosas cómicas, y cuando volví a hacer cosas dramáticas, me di cuenta de que estaba toqueteando algo que no tenía que toquetear para hacer teatro.

Lo sagrado.

Es que uno es sagrado. ¡No es el teatro más importante que uno! Esa gente que dice: “Primero el teatro y después mi vida”… ¡Andá a cagar!

O “El show debe continuar”.

¡Por Dios! ¡Es un invento de los empresarios eso de que el show debe continuar!

Ha dicho que, con los años, uno va descubriendo maneras alegres de poder trabajar. ¿En algún momento le resultó muy tortuoso?

Claro que sí.

¿Y cómo fue apareciendo esa forma?

Haciendo sin parar, mi amor, yo empecé a los doce años y no me he bajado del escenario [se ríe].

Me imagino que ni piensa con retirarse.

No, pero les acabo de decir que no a varias cosas, incluso paré las funciones que estaba haciendo de mi espectáculo.

¿Por qué?

Porque no tengo ganas en este momento. Como he hecho tanto, no es que esté necesitada de hacer teatro porque si no me muero. No me pasa nunca eso.

¿Qué le produce el escenario?

Adrenalina, es largarte como a una carrera, ponele en el mar, que no sabés qué va a venir.

¿Qué le falta lograr?

¿Cómo qué me falta?

¿Tiene algún objetivo pendiente?

No tengo objetivos, nunca los tuve.

¿Ni se desesperó por llegar a determinados lugares?

No, nunca, fueron llegando solos. Vivo al ritmo de lo que soy, soy como soy.

La vocación la habrá hecho muy feliz, ¿cierto?

Evidentemente me ha traído problemas en la vida, como a todo el mundo, he tenido muchísimos problemas, pero no vivo pensando en eso. Cuando me hablan de que tengo que hablar del pasado, me da un sopor, no me gusta nada.

No va con la nostalgia ni con la proyección del futuro.

No, creo en la divina providencia, que ya llegará algo que me guste y lo haré, o no.

¿Esa coherencia hace el camino gozoso?

Sí, exacto, alegre, porque si estás pendiente de otras cosas, como tener cierto poder…

Usted personifica el talento llevado con humildad y respeto.

Lo del talento no te puedo decir nada, pero lo que sí sé es que tengo… [piensa las palabras] buenas intenciones para hacer un personaje, buenas maneras de comunicarme con mis compañeros, de armar climas de trabajo, y que me divierte hacer los personajes, cuanto más lejanos a mí, mejor.

¿Qué anécdota del intercambio con la gente recuerda?

Mirá, la primera temporada de La señorita de Tacna, el público se quedaba esperando para saludar. Un día salgo y veo a una señora de unos 60 años, delgada, alta, llorando mucho y tratando de taparse. Dejó que se fuera el montón de gente que estaba alrededor mío y me abordó. Me dijo: “Yo trabajo para PAMI y todos los días tengo en mi escritorio viejos sentados enfrente que no saben lo que quieren, que no saben decirlo, que se equivocan, y a mí me ponen furiosa y los odio. Y hoy, viendo la obra y a usted vieja, los amé de nuevo, como los amaba cuando empecé a trabajar. Los voy a tratar de otra manera”. Yo la abrazaba y ella lloraba [ríe fuerte]. Pensé: “Si sirve la obra de teatro que estoy haciendo para que esta mujer trate mejor a los viejitos, bienvenido sea el teatro”.

Dice que con una película no se arregla el mundo, pero que siempre se puede hacer algo, ¿no?

¡Claro! Esto, por ejemplo, que alguien trate mejor a los otros.

¿Desde ahí elige los proyectos? ¿Desde el “para qué hago lo que hago”?

No. Elijo en función de si me provoca hacerlo, por el personaje, por el elenco, por el director.

¿Qué consejo le daría a quien quiera ir a ver teatro?

Se arriesga uno y va. Hay que correr el riesgo y dejarse llevar. Y si no te mueve, levantate y andate.

Como usted hizo durante la presentación de Al Pacino en el Teatro Colón, cuando estuvo en la Argentina en 2016.

Pero nadie me vio irme.

¡Pero todos se enteraron después!

Es que es una persona que yo respeto mucho, me gusta mucho como actor, hace teatro, podría haber hecho una escenita, algo. No, era como un largo reportaje y te mostraba escenas que había realizado en cine. [Sube el tono y se indigna] No hay derecho, no hay derecho, la gente había pagado mucho por estar ahí.

Hablando de eso, ¿qué entiende por responsabilidad social?

Creo que si sos un ciudadano de una democracia y de una república, como la que tenemos, tenés deberes y derechos. Hay deberes sociales, no es todo tuyo, ni la ciudad ni tu libertad, hay límites. Si te falla la responsabilidad social, estás fallando gravemente como ser humano.

¿Y qué ve alrededor en ese sentido?

De todo.

Hay una creencia bastante aceptada de que los argentinos somos solidarios, ¿qué opina usted?

Sí, es verdad. Yo he visto hacer cosas muy lindas de solidaridad. Es verdad que somos solidarios y que se arman redes. Yo estoy con el payaso Mariano, de Alegría Intensiva. Ellos trabajan mañana, tarde y noche en diferentes hospitales, con la gente que está peor, pasando un momento muy malo. Me envían los nombres y las historias de esas personas para que yo les mande un mensaje.

¿Y usted les envía audios dándoles ánimo?

Sí, les hablo. Alegría Intensiva hace cosas de todas las maneras que se te ocurran, incluso sábado y domingo, para acompañar a esa gente.

¿Cuál es la función social del actor, si la hay?

La hay desde el momento en el que está trabajando y hay gente que va a verlo. Yo creo que si hace pasar un buen rato, ya sea dramática o cómicamente, se gana el cielo. Porque es difícil salir de la rutina y mirar con telescopio lo que antes mirabas con microscopio, y mirar con microscopio lo que antes mirabas con telescopio; y eso es lo que te da el teatro. Ahora, si se trata de hacer teatro político, es un desastre. La política es una cosa bien estrafalaria, y siniestra a veces, y el teatro es otra. Cuando se ha tratado de hacer teatro político… es un error grave, es algo insoportable.

Siempre aclara que en los 70 no militaba políticamente, pero que actuó como una ciudadana responsable y, por eso, recibió amenazas de muerte y tuvo que exiliarse.

Como ciudadana, ahí tenés la responsabilidad. ¿Y sabés cuándo fue otra responsabilidad ciudadana muy fuerte? Cuando hice La historia oficial, para mí y para todos. Yo acababa de llegar del exilio, los militares estaban todavía en el gobierno. Yo no quería hacer la película cuando me la ofreció [Luis] Puenzo, no quería, le decía: “¡Estamos todos locos, acabamos de llegar con mi familia, que se tuvo que ir arrastrada por mí…!”. Y él me convencía, venía, me hablaba, me leía los libros nuevos que iba armando, y yo lloraba escuchándolo. Y un día les dije a mi marido y a mi hijo: “Bueno, a ver, ¿qué hago?”. Y sí, la hice como ciudadana, no disfruté nada. A la nena de la película y a su madre las amenazaron, y nos dijeron que termináramos con el proyecto, entonces lo dimos por finalizado y seguimos filmando.

Habrá sentido una reivindicación cuando abrió el sobre de la Academia de Hollywood y anunció que La historia oficial se llevaba el Óscar justo un 24 de marzo.

¡Un ataque de alegría me dio! Me había dado tanto miedo ir todos los días a filmar que el premio me causó mucha alegría, pero nunca lo tomé como reivindicativo.