María Maciel es la Directora de Uniendo Caminos, una organización civil fundada en 2002 que brinda apoyo escolar a niños, jóvenes y adultos en situación de vulnerabilidad, con la sólida convicción de que la educación es la herramienta para lograr la inclusión social y posibilitar el desarrollo de las personas.

En las pupilas, aquellas terribles imágenes de la crisis de 2001, miles y miles de compatriotas expulsados hacia la marginalidad, excluidos del sistema, la tristeza de la caída social y económica, el vacío político. Uno de los peores momentos de la historia contemporánea nacional. Mientras la desgracia golpeaba las puertas de los hogares más humildes y se asomaba por la ventana de la clase media, muchas personas anónimas tomaron coraje, como héroes de un naufragio, y se animaron a solidarizarse con los más necesitados, pero lo hicieron desde la acción, con la valentía absoluta de no saber quizás por dónde empezar a dar una mano.

María Maciel fue una de ellas. Junto con un par de amigas –Agustina Persoglia y Vanesa Amato– con las que cursaba la carrera de Trabajo Social, decidieron hacer algo. Más tarde, se les sumó Mercedes Castagnino.

¿Qué estudiaste, María?
Cuando terminé el colegio sabía que quería trabajar en educación, me interesaba ese tema y me apunté en el Instituto Superior Marista del Colegio Champagnat para recibirme de maestra de primaria. Cuando terminé la carrera, mi idea era ser maestra rural porque iba mucho al interior del país a trabajar con las comunidades, me gustaba toda esa parte social. Pero cuando terminé Magisterio no me veía yendo al medio del campo. Y ahí dije “¿Y ahora qué?”, fue mi primera crisis vocacional, siempre había tenido todo claro, y ahí escuché que estaba la carrera de Trabajo Social en la Universidad de Buenos Aires y en el Museo Social Argentino, que fue la primera institución que había traído la carrera. Finalmente, me anoté en el Museo y me encantó lo que estudié. Para mi familia era raro todo esto, porque me empezaba a relacionar con gente de otro palo, me acuerdo que me preguntaban “¿Y qué vas a hacer, te vas a meter en las villas?”. Comenzaban a surgir los típicos prejuicios. Durante la carrera fui conociendo la situación actual en cuanto a las problemáticas sociales y los programas que se estuvieron implementando desde ciertos organismos gubernamentales, porque si bien existían fundaciones, la mayoría trabajaba sobre el tema del hambre. Comenzamos a escuchar que todos los problemas hacían referencia a embarazo adolescente, violencia familiar, problemáticas concretas y puntuales. Y cuando hablábamos de adolescentes, nunca se mencionaban los espacios preventivos, educativos o de acompañamiento. Yo me identificaba, porque siempre trabajé en colegios y estaba convencida de que debíamos actuar en ese lugar, instalando determinados valores que luego les permitiesen a los chicos realizarse en sus vidas.

¿Cómo surgió la idea de crear Uniendo Caminos?
Durante la carrera, entre materia y materia, fuimos conversando con otras compañeras, Agustina Persoglia y Vanesa Amato, y nos decidimos a crear una fundación. Para hacerlo, necesitábamos ser cuatro personas, así que sumamos a Mercedes Castagnino, una amiga de Agus que venía de otro palo pero se enganchó con la idea. Empezamos a delinear todo en 2001, con la crisis en los talones, justo cuando estalló todo, y comenzamos a ver cómo podíamos llevar nuestro proyecto de acompañar a los jóvenes al terminar el secundario y dónde íbamos a trabajar. Arrancamos en una casa que tenían los suegros de Agus en Villa Crespo, donde había funcionado un taller de marroquinería. De a poco, fuimos copando todos los ambientes del lugar, como en el cuento Casa tomada, de Julio Cortázar, y nos quedamos instalados allí durante diez años.

¿Cómo fue aquel primer día?
Cada una de nosotras tenía su trabajo, y fue una decisión difícil largarlo para abocarnos de lleno a Uniendo Caminos, era abandonar la seguridad económica para morirse de hambre. En ese entonces estábamos viviendo con nuestros padres o alguna con su novio, por lo cual ellos nos apoyaron mucho. Apostamos al todo por el todo porque era un proyecto ambicioso. Y así empezamos, era raro decir: “Chau, me voy a la fundación”. Tuvimos que armar todo desde cero: la parte legal, la estructura, los roles y las funciones de cada una, porque al principio estábamos todas en todo, luego fuimos organizándonos mejor. Laburábamos las 24 horas con muchísima pasión, ahora también lo hacemos, pero canalizando cada esfuerzo.

¿Dónde arrancaron con el proyecto?
Empezamos en la 21, porque allí no había algo parecido. Cuando se habla de barrios vulnerables, se piensa siempre en dos cosas necesarias: comida y educación. Con los años, luego de varios relevamientos, descubrimos que una necesidad imperiosa era el apoyo escolar en el secundario, porque eran materias muy específicas y había pocas personas para ayudar a los chicos. Fue ahí cuando buscamos un sitio para trabajar, y encontramos un comedor comunitario que se llama Ayúdame a Crecer, el primer comedor que se abrió en la villa 21-24 de Barracas.

¿Por qué eligieron esa villa?
Era una de las más grandes de CABA, y cuando llegamos nos dimos cuenta de que podía beneficiarse la comunidad con nuestra propuesta.

¿Quién les abrió la puerta de la villa?
Conocíamos a un cura que había misionado con mi hermana, y cuando llegamos ya no estaba, pero se encontraba allí el Padre Pepe (ahora está en La Cárcova). El Padre Toto fue el que nos dio una mano, ya que tiene mucha llegada en la zona, porque más de la mitad de la comunidad de Barracas de la villa 21 es paraguaya y se identifica mucho con la religión católica. Uniendo Caminos es desde sus inicios laica y no toma posición política alguna, aunque trabajamos mucho con los chicos desde la necesidad de asumir un compromiso y una conciencia política, como parte de la formación ciudadana, pero siempre teniendo muy en claro que por ahí no va a ir un mensaje partidario de ningún sector.

¿Cuáles fueron los primeros pasos de Uniendo Caminos?
El objetivo era ayudar a los chicos a que terminen el secundario. Pero arrancamos dándoles a las familias cajas de alimentos, porque la realidad era que la crisis de 2001 estaba pegando muy fuerte en la canasta familiar. Teníamos padrinos, familiares, amigos de amigos, y cada uno de ellos armaba una caja, entonces hacíamos recorridos en auto buscándolas y repartiéndolas. Al poco tiempo, La Nación publicó una nota sobre nuestro trabajo y eso fue clave, nos trajo un montón de padrinos. Llegábamos a cien chicos con estas cajas, imaginate lo que era la logística, la hacían voluntarios con sus autos.

¿En qué momento pudieron dejar de lado el tema de las cajas de alimentos y focalizarse en su objetivo primordial?
Soy muy mala con las fechas, pero creo que fue en 2006, cuando nos dimos cuenta de que la situación alimentaria ya no era una emergencia y que estábamos en condiciones de volver a nuestra misión original, que era acompañar a los jóvenes –en ese momento, porque ahora agregamos niños y adultos– para que terminen el secundario y puedan armar un proyecto de vida. Entonces pensamos: “La caja nos está empezando a perjudicar, porque quizás hay gente que quiere recibir la mercadería pero que no está interesada en que sus hijos vayan al colegio”. Así que tomamos la decisión de quitarlas. Fue una jugada muy arriesgada; todos los referentes de los comedores nos decían que nos íbamos a quedar sin chicos, que la caja era lo que nos sostenía. Nos quedamos con 40 chicos, y de a poco fuimos sumando cada vez más y más, hasta llegar a 180. Así marcamos claramente que nuestro interés estaba puesto en la motivación, en la ayuda desde la educación. Sabían que si necesitaban apoyo escolar podían acercarse y acá lo iban a tener. Desde un tablero de dibujo técnico hasta clases de alguna materia en particular. Se armó como una especie de club donde los chicos se encontraban con sus amigos o con otros que estaban en la misma situación. Se empezó a dar algo lindísimo.

¿Creés que el rol del docente perdió peso en cuanto que antes se lo consideraba como una figura respetada, valorada e idolatrada por sus alumnos?
Lo que me parece a mí es que estamos en un momento de replanteo más general, el problema no está en una sola cosa, sino en que la sociedad cambió, y al modificarse la sociedad también deben cambiar las instituciones y las personas que las integran. Además debemos tener claro que la escuela no solo representa alfabetización y transmisión de contenidos; también es el lugar donde uno va a sociabilizar y donde se instalan ciertos valores culturales básicos de toda sociedad. Claro, muchas veces los estudiantes dependen de la suerte del maestro o profesor que les toque. Nosotros en los centros tenemos toda una metodología armada, en nuestros equipos hay coordinadores y voluntarios que se comprometen a ir una vez por semana a los centros a dar apoyo escolar. Dentro de esto, tenemos en claro que lo principal es instalar un vínculo con el otro, ¿y cómo lo hacemos? Desde la onda con la que llegamos, la predisposición, la apertura, el posicionamiento que tomamos; no llegamos como sabelotodos, sino abiertos al diálogo; y si hay algo que no sabemos, buscamos la respuesta junto con los chicos. Por eso nos llamamos “Uniendo Caminos”, porque acá se da una conjunción de encuentros entre todas las personas. Apostamos por un país diferente, con oportunidades para todos los jóvenes. Volviendo a tu pregunta sobre la valorización de los profesores, tenemos que comprender que muchos de ellos están agobiados, no tuvieron la capacitación necesaria, incluso están resentidos o resignados. Pero si lo miramos desde el lado del profesor, podés comprenderlo, aunque no lo compartas, pero entendés que quizás da clases todo el día para poder llegar a honorarios respetables y mínimos.

¿Cuál es la edad más vulnerable de los chicos, cuando hay que darles mayor apoyo?
Los primeros años de la infancia son clave en el desarrollo de una persona, a los chicos los marca la nutrición que les das durante esos primeros dos años de vida, si fallaste, el tema es irreversible. Pero luego, en cada período hay que prestarles mucha atención.

¿De qué manera empiezan a socializar estos chicos en el espacio de Uniendo Caminos?
Todos los chicos que pasan por nuestros espacios no solo encuentran el apoyo escolar, sino que empiezan a descubrirse ellos mismos, qué características tienen, cuáles son sus fortalezas, en qué se destacan, qué les cuesta; después se empiezan a descubrir en relación con otros pares, algo clave en la adolescencia porque empiezan a ver las falencias que pudiera tener su entorno familiar. En las zonas vulnerables, donde en general ya no abren las puertas de las casas por el temor de la inseguridad, están encerrados todo el día, eso genera un montón de conductas. Los clubes también están buenísimos. Hay que tener espacios que acompañen a la escuela desde lo social. Y después, ese chico empieza a trabajar en su formación como persona y adquiere valores. Aparece el tema de la responsabilidad, del orden, de los hábitos, de la solidaridad con el otro, de repensar su comunidad. Fomentamos proyectos en los cuales son ellos quienes proponen cosas, cambios. Salimos de visita por la ciudad junto a otras organizaciones.

¿En cuántos centros trabaja Uniendo Caminos?
Actualmente, en cinco centros, cuatro de ellos en la ciudad de Buenos Aires: uno en la villa 21-24, el original, donde nos encontramos desde hace 14 años, y otros en Boulogne, Saavedra, Colegiales y Retiro. En los tres últimos estamos con la red comunitaria de apoyo escolar del Ministerio de Educación, incorporando niños y adultos. En la villa 21-24 sumamos adultos para que terminen la primaria. Ese centro es como una dosis de motivación y de energía para mí. Allí se juntan desde las 18 hasta las 21 horas a estudiar. Imaginate, gente grande que después de laburar todo el día, en lugar de ir a su casa, hace este esfuerzo enorme por superarse. Muchas son jefas de familia, entonces también se suscitan problemas de género, porque sus parejas les recriminan que las mujeres a esa hora no deben estar en la calle, sino en su hogar.

¿Qué pensás que las motiva a ir por el título primario?
Creo que sus propios hijos. Cuando empiezan a ir a la escuela sus hijos, ellas quieren ayudarlos. Los hijos son un motivador muy importante en la vida. También hay muchas mujeres extranjeras, de países limítrofes, que han hecho la primaria, pero que al venir a la Argentina no pudieron conseguir el certificado de convalidación del título, y al ser un trámite largo y costoso, lo rinden de nuevo. Incluso, hay algunas personas que se están alfabetizando.

¿Cuánta es la población a la que están ayudando?
Estamos ayudando a cerca de 500 personas, entre niños y adultos.

¿Cuántos son en el equipo de Uniendo Caminos en la actualidad?
En este momento somos nueve personas, pero tenemos muchos voluntarios. Hay un Consejo de Administración que es un voluntariado dirigencial que nos acompaña a los que integramos la Dirección, y después hay un equipo de 130 voluntarios. Creemos que el voluntariado también aporta algo de energía muy renovadora a la organización.

¿Y por qué pensás que se acercan?
Tenemos muchos voluntarios extranjeros que estudian carreras sociales en Alemania, Suiza u otros países, y vienen a hacer pasantías a la Argentina a través de otras organizaciones que se encargan de traerlos desde sus países de origen. Ellos se quedan tres meses con nosotros, algunos hasta un año. Después tenés nuestro voluntariado de acá, que en general son estudiantes universitarios, con un promedio de edad de entre 20 y 40 años. La mayor parte de los voluntarios va una vez por semana a los centros a dar clases del área que les quede más cómoda, porque no tenés que ser profesor, sino sentirte cómodo. Lo importante es que vos dispongas de esas dos horas semanales en el centro que te quede más cercano. Siempre sugerimos eso, no sobrecargarse de obligaciones, no poner más horas de voluntariado porque la realidad nos muestra que empiezan recopados y después se van cansando. Deben sostenerlo por lo menos tres meses para poder establecer un vínculo de confianza con los chicos.

¿Los chicos que pasaron por el centro ofrecen su ayuda a la fundación?
Sí. Por ejemplo, hay una chica que todavía no terminó, está en cuarto año, pero le va muy bien en el colegio. Bueno, hace un tiempito me comentaba que sigue yendo al centro porque se identificó mucho con una de las profesoras y ahora los otros chicos la llaman “profe” a ella, porque naturalmente se pone a dar clase, a ayudarlos. Cuando le preguntaron qué quería hacer cuando fuera grande, dijo que le gustaría estudiar Comercio Exterior, Periodismo o ser profesora de Uniendo Caminos. Los chicos agradecen cuando te traen el boletín, cuando vienen las mamás y te dicen “Hace dos años que viene al espacio y no solo está mejor en las materias, sino que charlamos más, compartimos más, y yo conocí a los otros papás; ahora nos juntamos y festejamos los cumpleaños”. Cuando te cuentan estos cambios, estas transformaciones pequeñas, te están dando a entender que sos partícipe de eso.

A veces, las personas reconocen el trabajo de gente como vos, lo valoran y lo aplauden, pero en la idiosincrasia nacional parece que el ganador es el que hace dinero en lugar del que trabaja para mejorarle la vida a los demás. ¿Qué sensaciones despertás cuando le comentás a la gente sobre tu trabajo?Me parece que tiene que ver con el posicionamiento de cada uno, yo no digo “Hago ayuda social”, sino “Trabajo en educación con jóvenes para que terminen el secundario”. Cuando ven que es una fundación, piensan que se viene el mangazo [risas]. En Uniendo Caminos no hay filantropía, todos nos transformamos a partir de estar acá, presentes desde distintos lugares, y eso se ve. Muchos voluntarios vienen y dicen “Estudié en la UBA y siento que tengo que devolver algo al Estado, acá estoy”. Y una persona que piensa así, transforma. Porque se junta con otro que dice “Yo empecé por un convenio en mi empresa, que ya se terminó, pero me encantó el espacio, y sigo”. Es multiplicador.

Entonces debemos seguir confiando en la voluntad de nuestro pueblo.

Los argentinos somos muy solidarios en situaciones de emergencia, ahí nos toca muy fuerte a todos, y después nos adormecemos; y esto de hacer un voluntariado o un aporte mensual a una organización no lo tenemos aún del todo asimilado. Después está este doble mensaje de “Qué bueno lo que hacen, pero yo plata no, yo quiero ver”.

Me gusta preguntarle a la gente que está metida en acciones sociales su punto de vista sobre qué consideran más difícil: ¿dar o hacer?
Ambas son difíciles. Te diría más hacer que dar. Están geniales las dos cosas, pero lo importante es hacer por lo menos una de las dos. Yo estoy un poco cansada, porque somos el residuo de lo que no sirve. El otro día recibí seis computadoras sin cables. ¿Te imaginás? Comprar los cables nos salía carísimo. Esto habla de una cultura de responsabilidad social que está errada, y lo mismo nos pasa con los proyectos. Nos llama una empresa y dice “Yo quiero hacer esto y esto”, que es lo mismo que decirte “Yo quiero darte lavandina”, pero a otro nivel. Entonces, a veces te cansás y respondés: “Ok, si querés ayudar, confiá en nosotros que estamos en el campo, conocemos las necesidades, y danos lo que te pedimos”.

¿Cómo la remás en la diaria en tu casa?
Tengo dos hijas, de seis y cuatro años. Ellas forman parte de la fundación y participan de las acciones de difusión y recaudación. Llevamos a cabo ferias de ropa usada en buen estado, se llama Prendete-Desprendete, y otra acción Ponete linda-Hacé algo lindo. Durante cuatro días hacemos de la oficina un showroom y vendemos ropa. Nos da un buen ingreso. En esas acciones participan mis hijas. Además, hacen campaña para recoger útiles escolares en sus escuelas. Un día una de ellas me dijo que iba a donar el paraguas porque estaba roto, y yo le dije que el otro también lo recibiría roto, y después lo guardó por un tiempo.

La pequeña hija de María Maciel ahora sabe que dar lo que a uno le sobra no es compartir, la grandeza de la ayuda está en la mitad del sándwich cuando uno tiene hambre como para comerlo entero, está en la mitad del tiempo cuando este escasea y la agenda viene ajustada de obligaciones, está en poner la mirada en el otro y no en un espejo, está en escuchar para entender lo que el necesitado necesita y no hablar sobre lo que quiere dar el dador. Es ir juntos a la par por el camino, ayudando solícito, conviviendo, haciéndose carne de los problemas de ese que está cerca aunque parezca que lo hemos escondido lejos. Unir dos caminos es animarse a caminar juntos hacia un horizonte mejor.