La actriz con más de 50 años de trayectoria recuerda sus comienzos y habla de su presente en la obra La panadera de los poetas. Dice que volvería a hacer Historias del corazón, el programa que le dio un vuelco a su trabajo en televisión. Cultora de los buenos modos, destaca la pasión a la hora de hacer las cosas. Para ella es la forma de mejorar al mundo.

El respeto hacia el otro. De eso se trata la vida para Virginia Lago, una militante, dice, de la amabilidad. Ya sea baldeando la vereda de su casa, en el barrio de Parque Patricios, o yendo al ensayo de una obra de teatro, la actriz con más de 50 años de trayectoria es cultora del “buen día”, el “por favor” y el “gracias”. Está sentada en el sofá del living de su casa, en frente de ella hay un gran televisor apagado. “Este aparato es muy poderoso”, señala. Desde miles de receptores como este, Virginia Lago supo darle un vuelco a su carrera cuando se metió en los hogares de los argentinos para presentar Historias del corazón, el programa con el que hizo, como dirá ella, su militancia, la del buen modo y el respeto. Con picos de 14 puntos de rating, Lago presentó novelas y películas dejando siempre su impronta emotiva, aquella que cautivó, incluso, a los jóvenes. “Muchos chicos no sabían de algunas novelas. Yo siempre digo que dejé mi granito de arena en ese programa”, cuenta Lago a PRESENTE entregándose a la charla.

¿Qué sentís que aportaste con Historias del corazón?

El buen modo. Hacía y hace falta en la tele eso. Yo tengo ganas de hacer ahora un programa que se llame Las buenas noticias.

¿Cómo sería eso?

Hablar de las cosas buenas que hace la gente. De los que se levantan a las cinco de la mañana a laburar, de los que trabajan ocho horas y luego se van a estudiar algo que les gusta. Jóvenes que hacen cosas. Contar esas historias de vida. Como nos decía mi viejo: “Tenés que ser buena gente”. Eso, tan simple ¿no? Porque siempre hay alguien que te mira. Me parece que eso sería una militancia de la vida, de las cosas que uno quiere que se modifiquen. Porque la vida es algo tan extraordinario. Uno quiere algo bueno para nuestros hijos, en un mundo tan violento donde parece que las cosas no tienen valor.

¿En televisión hay algo que te guste o se acerque a lo que tenés ganas de hacer?

No hay mucho interesante. Hay mucha cosa de programas periodísticos que a las cinco de la tarde te muestran que acuchillaron a veinte, mataron a cuatro, violaron a no sé cuántos… Esto empieza no a las cinco de la tarde, ¡a las cinco de la mañana! No niego que sea cierto, pero estando en un lugar tan poderoso como la televisión, habría que entre tanta cosa buena que hay, mostrarla, hacer algo bueno para que la gente vea que existen estas historias.

¿Historias del corazón lo volverías a hacer?

¡Sí!, obvio. No está Tomás [Yankelevich], pero sí, eso era y es una militancia para mí. Yo creo que era un programa tranquilo, sin locura, que respetaba a la gente. Hablaba de esas cosas, de la poesía, las historias, las películas… ¡Ah! Pulseras rojas, qué linda serie, fue una de las que más me gustó. ¡Vino el autor!, fue un éxito enorme. Era una cosa amigable sin dudas.

¿La idea de ese valor agregado que le diste al programa fue tuya?

Yo estaba haciendo teatro en Mar del Plata y me llamaron para decirme: “Quiero que presentes historias”. Después fue creciendo solo, yo fui poniendo mi grano de arena. Todo fue creciendo, pero lo que hice básicamente fue encender llamitas.

¿Con qué cosas o situaciones te dabas cuenta del éxito que estabas haciendo?

En la calle, la gente me agradecía. Era tremendo. Después con las cartas, no parábamos de recibir. Fue muy lindo. Pensar que dijeron: “Vamos a hacerlo dos meses”. Al final terminó durando cuatro años.

En su momento te pusiste mal cuando viste que se hacían imitaciones en las redes sobre vos en ese programa. ¿Volverías igual?

¡Por supuesto! Eso fueron los tres primeros días. Después se me pasó. Eran chistes con mala onda. Le dije: “Mirá, Tomás, no tengo ganas de esto, yo nunca jodí a nadie”. Y me respondió: “Vir, ¡esto pasa porque es un éxito!”. Tenía razón.

¿Qué opinas de las redes sociales?

No uso, no me gustan.

¿Por qué?

No sé, me molesta la gente que habla desde las sombras. Después el humor claro que está bien, las parodias respetuosas me encantan. Pero en las redes suceden a veces otro tipo de cosas.

¿Qué actores de las nuevas generaciones admirás?

Muchísimos. Rodrigo de la Serna me parece extraordinario. Paola Krum, la adoro. La chica esta [Griselda] Siciliani me gusta muchísimo. En teatro es muy buena, la fui a ver varias veces. Viviana Saccone, Joaquín Furriel…

¿Y de los que son de tu generación?

Alfredo Alcón, María Rosa Gallo, Juan Carlos Gené, (Carlos) Carella, ¡un montón! [Piensa] Alicia Bruzzo me parecía una de las grandes de mi generación. Norma Aleandro, Omar Núñez. Me olvido ahora de muchos.

Teatro y vida

El living de la casa de Virginia Lago es amplio y luminoso. A donde se mire, sobre las paredes, hay cuadros y fotos, son instantáneas de sus 50 años de carrera. Hay afiches de sus obras, críticas de diarios enmarcadas y tantísimas fotos con elencos. En la mayoría está ella, como una donde se la ve junto a María Elena Walsh u otra donde aparece saludando a Borges, el día que fue a ver Un rostro en el espejo en el Teatro de la Comedia. Sobre otra pared, descansa una biblioteca llena de DVD y VHS. “Aquí hay de todo, desde obras mías hasta películas. A mi marido le gusta guardarlos”, señala Virginia.

La vida no ha pasado en vano para esta actriz. Este es su lugar en el mundo y a los costados está el recuerdo de un pasado lleno de historias. “Si no estás en movimiento, si no hacés cosas por mejorar, si no te apasionás por lo que hacés, no sirve. Estás muerto en vida”, reflexiona la actriz. Cuando se le pregunta por los orígenes de su vocación, aquella que comenzó a los 15 años, ella dice que fue el destino que la vino a buscar. Siendo la menor de siete hermanos, se crio en una casa grande de Villa Ballester. “Vivíamos en una casa donde venía mucha gente, era una casa de puertas abiertas”, recuerda. Sin dudas, su padre (“el patriarca”, dirá) fue para ella una persona fundamental a la hora de prepararse para ser actriz. No era poca cosa para ese entonces, incluso, que él la apoyara en su decisión de dejar al poco tiempo el colegio secundario para estudiar Actuación. “Era una persona extraordinaria. Tocaba muy bien la guitarra, autodidacta el hombre”, rememora Virginia.

En esa época, una de sus hermanas, “la rebelde de la casa”, hacía danza y teatro. Un día, otro de sus hermanos, Oscar, las llevó a su hermana y a ella a la televisión. Virginia estaba en otra, jugaba al básquet desde los 12 años en el equipo Las Pulguitas, en el club General Guido de Villa Ballester. Pero algo le dijo que tenía que ir y ver al menos de qué se trataba ese concurso. “Había muchas chicas para la audición, ¡como cien! Y por esas cosas del destino, me llamaron a mí. Mi hermana me llevó con sus amigas al concurso en TV y quedé yo”, relata Virginia. Le dieron entonces un texto para estudiar y sus hermanos la ayudaron a hacerlo. Fue divertido, como un juego. Su padre acompañaba. “Tenía que hacer un monólogo disfrazada de Carlitos Chaplin. Lo preparé y gané el concurso, que salió luego en la tele”, cuenta la actriz. De ahí en más, una variable dominó su vocación: no pararon de llamarla para hacer una obra tras otra.

Lago confiesa que, con el paso del tiempo, se sigue sorprendiendo y maravillando a la hora de subir a un escenario. Actualmente su presente actoral la tiene ocupada con La panadera de los poetas, una obra donde encarna a una entrañable mujer que recibe en su pequeño negocio a Miguel Hernández y Federico García Lorca. Es un pueblo blanco, de esos que nacen en la montaña en la bella España, allí transcurre esta historia a mediados de la década del 30. Ella hace de María Candelaria, una panadera que cocina sus manjares mientras la revolución se inicia como preámbulo de la Guerra Civil Española. Ella no lo sabe, solo sabe de recetas, de confituras, de panes con sabores mágicos y de poetas. En su panadería se encuentran Federico el de Granada y Miguel, el humilde poeta de las cabras de Orihuela. Se provocan, se divierten, se quieren. Y es esta panadera fuerte e ingobernable, solterona y misteriosa, la que trata de enseñarles a sus poetas la receta para un mundo mejor. “Es un invento maravilloso de la autora, María de las Mercedes Hernando, sobre una relación de Hernández y García Lorca que era real. Ellos se encuentran con esta panadera que los escucha. Ella, desde ese universo, les cuenta historias de su familia. Es una fuente de inspiración para los poetas”, cuenta Virginia.

Es la primera vez que te dirige tu hija, Mariana Gióvine. ¿Cómo fue la experiencia?

Se dio al revés, yo ya la había dirigido en Romeo y Julieta, en el San Martín. Esta obra la escribió María de las Mercedes para mí y se la dio a Mariana. A ella le encantó. Hace dos o tres años empezó a dirigir. Fue un proceso fantástico. María, la directora, la tuvo en brazos a Mariana. Así que estuve rodeada de cosas tranquilas. Trabajamos tres meses, todos los días y muchas horas. Mariana sabe muy bien lo que quiere, pero además quise aceptar su mirada.

 ¿Con qué cosas te sentís que sos socialmente responsable a la hora de actuar?

Yo siempre digo que desde este lugar, que es pequeño, trato de hacer lo mejor desde mí, haciéndolo de la forma más profesional posible y siempre tratando de poner un granito de arena, llegando a la gente con la emoción, haciendo reír o llorar, no que salgas como si no hubieses visto nada. Esa es mi obligación. Es una militancia para mí. En el teatro hago todo lo que me gusta hacer. Como decía Shakespeare, “si todos ponemos un granito de arena de cosas buenas, haremos un desierto”. Es un granito de arena lo que yo puedo aportar. Pero ese granito no es pequeño cuando nos juntamos todos.

Sin dudas sos de las personas que por ser pública seguramente tengas los medios para aportar algo más que un granito de arena. De hecho, esto que contás de ser amable en el día a día tal vez sea un modo de ser responsable.

Totalmente, pero esto es algo normal para mí. Tendría que ser lo normal. No es nada extraordinario, es como debe ser.

¿Cómo somos los argentinos en este sentido?

Yo no hablo en general, no sé si es bueno generalizar. A veces escucho que los argentinos somos esto o lo otro, hablamos mal de nosotros. Creo que tendremos muchos defectos, como todos, más en un mundo tan globalizado, violento y con tantas cosas que pasan. Pero somos un país que nos regaló una tremenda naturaleza. Tuve oportunidad de conocerlo todo a través de mi trabajo y es maravilloso, con gente maravillosa. Hay problemas de mucha injusticia, como en todo el mundo: pobreza, gente sin trabajo que duerme en la calle. Es un problema social muy fuerte que algún día se va a solucionar.

¿De qué forma?

Hay tanta plata acumulada en poquitos. El tema de la distribución es central. El ser humano tiene la ambición de poder, y el poder genera dinero. Pero existe esta cosa de que los argentinos somos corruptos. Y no es así. Pero no somos únicamente “los argentinos”, porque vas a otro lugar y ves cosas terribles.

¿Pensás que hay forma de contagiar estas acciones buenas?

Sin ninguna duda, pero hay que trabajar mucho para hacerlo. Una cosa es decirlo y otra hacerlo. Como te decía, hay que creer en lo que uno hace. Ser apasionado. Por ahí pasa.